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Seis meses duros para Florida

El desplome de un puente peatonal en Miami ocurrido el jueves y que dejó al menos seis personas muertas y una decena de heridos es el más reciente evento trágico en el estado de la Florida y que se suma a una lista de sucesos terribles que se han amontonado, casi uno tras el otro, en solo seis meses.

En septiembre pasado Irma devastó áreas del sur de este estado y en su errática ruta atravesó el centro de la Florida. En ese entonces vivía alquilado en una minúscula habitación en la que viví junto a mi esposa e hijo durante cuatro meses. De cara al paso inminente de Irma hice lo que nunca tuve que hace en Puerto Rico: refugiarme en un lugar seguro. Y fuimos a parar a la casa de unos amigos, casi hermanos, que nos dieron albergue, nos alimentaron y nos hicieron sentir como en casa. Dicen que el ojo de Irma pasó por la Carretera 429, la que cruza enfrente de la casa de mis amigos. La vivienda se estremeció, aunque no tuvo daños. Una semana sin electricidad fue el inconveniente más terrible.

Llegó el nuevo año y apenas habíamos terminado de celebrar el Día de Reyes cuando nos sorprendió la trágica noticia del asesinato de Janice Zengotita Torres el 8 de enero. La trama horrorosa de esta historia le para los pelos al más fuerte. La víctima fue confundida por otra persona, pero los sospechosos prosiguieron con el plan y la mataron, según confesaron a las autoridades. Cubrir ese drama ha sido una de las cosas más dramáticas que he hecho en mi vida periodística. Más aún, la noticia de que tres compatriotas vinieron a este estado -hacia donde han llegado miles de boricuas buscando refugio- te produce una mezcla de coraje y vergüenza.

Un mes más tarde, el 14 de febrero, cuando se debían estar entregando flores, comiendo chocolates y haciendo el amor, un jovencito de 19 años llamado Nikolas Cruz repartía balazos en la escuela superior de Parkland, ciudad catalogada como la más tranquila y segura de Florida. En minutos, 17 personas murieron. Allá fui y hallé una ciudad entera en estado de “shock”. Allí conocí una estudiante boricua que narró la pesadilla de estar escondida en uno de los salones por donde se paseó este imberbe pistolero. La noche en que la comunidad se congregó en un parque a efectuar una vigilia, y mientras estaba sentado en el piso redactando la historia del día, se me acercó una señora que pensé me regañaría. Los ánimos estaban caldeados y para una comunidad poco acostumbrada a ver a un centenar de periodistas, decenas de cámaras y antenas por doquier, no debía ser fácil aquella “intromisión” electrónica. Y sí, hubo insultos y gritos contra periodistas. Los vi. Los escuché. Y pensé que me tocaba el turno. Sin embargo, la señora se me aproximó, miró mi polo como para que yo notara que escaneaba el logo de El Nuevo Día tejido en la camisa, y me dijo es español boricua, “Gracias, mijo, por estar aquí”. Desapareció a toda prisa quizás pensando que se me pudiera ocurrir la brillante idea de entrevistarla.

Y el jueves corrí a Miami, en un viaje de cerca de cuatro horas desde Orlando, a cubrir otra tragedia. Un puente peatonal, que se erigía para mejorar la seguridad de miles de estudiantes que solían cruzar la Calle 8, había colapsado sobre vehículos que discurrían por esa vía. Se han identificado seis muertos, pero aún debajo de los escombros deben haber otros, según la Policía del Condado de Dade.

A lo lejos podía ver el puente pues las autoridades no permitían a los periodistas acercarse mucho. Y no hacía falta. La mogolla de hormigón, los camiones de rescate, las ambulancias, las patrullas, el olor a catástrofe se respiraba por todas partes.

¿Será una mala racha para Florida o se trata de eventos que siempre ocurrían y que antes no cubríamos?

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