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Más allá del diploma

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El secreto para evitar la mediocridad

Llegó el día. Luego de cuestionar las largas horas y debatir tus méritos por meses, o quizás décadas, por fin lo lograste.   

Escuchaste tu canción en la radio. Diste tu primer “hit” en las grandes ligas. Pasaste la reválida. Conseguiste la oferta empleo. El público se gozó tu primer especial de comedia. Vendiste tu primera obra de arte o por fin renunciaste al trabajo que odiabas para manejar tu empresa a tiempo completo.

La felicidad es indescriptible. La euforia… completamente intoxicante. Sientes un high más adictivo que cualquier droga.

Esa noche repites el momento, una y otra vez. Caminas con el síndrome pecho de paloma—inflado del orgullo.

¡Súper! Te felicito. Pero si quieres que sea sincero, tu mejunje de emociones no te permiten ver la realidad.

Aunque te sientas realizado(a), el juego apenas acaba de comenzar.

Llega tu próximo turno al bate y te ponchas. En tu próximo especial eres abucheado. Tu nueva canción no sirve. Tu jefe nuevo es un c*****. Perdiste dos clientes claves. Te sentaste a escribir, dibujar o pintar y la musa parece no regresar.  

Entran las dudas… ¿podré hacerlo de nuevo?

Bienvenido a lo que el autor Steven Pressfield le llama La Resistencia en sus libros “The War of Art” & “Turning Pro”. Es prácticamente todo aquello que te aleja de lograr tu meta: Distracciones, adicciones, dinero, ego, relaciones tóxicas, miedo y auto-sabotaje.

Como tus últimos intentos no fueron igual de positivos, ni placenteros como los primeros, comienzas a distraerte con mayor facilidad. Te crees que ya no eres un novato(a) y por tanto podrás manejarlo. Pierdes unas horas en las redes o viendo series en Netflix. En vez de practicar y sobrepasar estos momentos incómodos, optas por olvidar el mal rato con 2 ó 3 margaritas acompañadas con un 1 shot de Fireball.

¡Qué chévere! ¿Solo se vive una vez, no?

El problema es que cuando te dejas llevar por estas tentaciones, sin darte cuenta estás intercambiando tu habilidad de mejorar y crecer paulatinamente— que es lo que te lleva a lograr metas absurdas—por el placer corto y vacío del momento. Como menciona el autor, la adicción reemplaza la aspiración. Trae consigo repeticiones sin progreso y crea incapacidad como resultado. He aquí la gran diferencia entre ser un amateur y ser un profesional.

El amateur es fácilmente distraído por sus adicciones.

El profesional es consistente y disciplinado en su ejecución.

El amateur espera a ser inspirado para crear arte.

El profesional insiste y practica en los momentos que la musa no llega.

El amateur persigue la fama, el dinero y el reconocimiento instantáneo.

El profesional va despacio, enfocado en crear un portafolio que lo trascienda poco a poco.

El amateur toma el éxito o fracaso personal.

El profesional produce y se desconecta del resultado.

El amateur solo sueña del futuro o vive estancado en el pasado.

El profesional está enfocado en crear en el presente.

El amateur es motivado por la novedad del momento.

El profesional está comprometido a largo plazo.

Estas diferencias las conozco perfectamente. En el 2014 publiqué mi primera columna y sentí la euforia de lanzarme. En tan solo dos meses mi tercera columna se fue viral al ser escogida por el algoritmo de LinkedIn y presentada justo al lado de Richard Branson. Pocos meses después, fui publicado por este medio—El Nuevo Día.

Me creí la película. Me avergüenza recordar lo mucho que esta corta secuencia exitosa me subió los humos. Juraba que estaba probado, que ya era un “buen escritor”. Sin considerar lo que ser un profesional implica. La tarea ardua de mantener la consistencia, desarrollar nuevos temas o elevar el contenido con mejores referencias. Pensaba que solo tenía que sentarme a escribir y las columnas iban a brillar casi automáticas.

Excepto que el arte no trabaja así. Tan pronto me senté frente a la computadora la próxima vez me estanqué. No sabía qué más escribir. Recuerdo sentirme un poco cansado y decir “lo dejo para mañana”. Mañana se tornó en semanas, las semanas en meses, y cuando vino el tiempo de celebrar la llegada 2016 había publicado un gran total de 3 columnas.

Clase de amateur. Mantener el ritmo que logré al principio me resultó imposible.

Es difícil chocarte con la pared, pero aprendí y validé un consejo que ignoraba cuando lo repetían mis padres y maestros: El talento innato no es suficiente.

Quién tú eres en el momento que conozcas La Resistencia tal vez no es la persona idónea o lista para combatirla, pero es lo que hay. Ese periodo difícil, fracaso o momento incómodo viene siendo una prueba maquiavélica buscando averiguar ¿cuánto verdaderamente lo quieres? ¿Te quitas o te quedas?

La gran mayoría de las personas se quitan por mera dificultad. Tampoco es que uno nunca debe quitarse, pero la diferencia de los buenos y los mejores no es el talento, sino la actitud contra La Resistencia.

El autor Seth Godin en su libro “The Dip” explica que cuando uno se encuentra con “El Dip”—ese largo trecho entre la habilidad natural al comienzo y la maestría o dominio de la materia— uno debe quitarse solo si uno determina que no logrará ser excepcional, pues la recompensa para él que insiste es sustancial.  La dificultad es lo que provoca la escasez y la escasez es lo que trae valor y recompensa.

Al principio de comenzar cualquier proyecto, carrera o relación, nos sentimos altamente apasionados y motivados por la novedad, pero con el paso del tiempo ese brillo se va desvaneciendo y poco a poco nos vamos encontrando con la parte amarga de cualquier meta—el trabajo.  

El artista le gusta pintar, pero no necesariamente vender. El emprendedor le gusta innovar, pero no necesariamente balancear presupuestos. Te aseguro que la tenista de mesa —Adriana Díaz— le encanta ganar medallas, pero dudo que practicar 8 horas diarias le sean placenteras, pero es parte transicionar de la vida de amateur a una profesional.

Como dice Mr. Pressfield “La vida del amateur es nuestra juventud. Nuestra odisea heroína. Nadie nace siendo un profesional. Uno se tiene que caer antes de tocar fondo, pero convertirse en profesional al final del día es parte de madurar. Se trata de tomar una decisión y comprometerse cada día”.

Convertirse en un profesional es duro. Incómodo. Alto riesgo. Duele. Requiere tiempo, disciplina, y esfuerzo pero quedarse viviendo como amateur es traicionar tu potencial. Es divorciarte de tus sueños. Es casarte con la mediocridad y renunciar a los momentos que traerían mayor felicidad—lograr, crecer y amar.   

Realizar esto a temprana edad te brindará fuerza. Sabemos que quieres progresar. Sabemos que tienes ambición. Necesitamos de tí. Nos conviene que nos regales tu talento…

La pregunta es… cuándo te toque actuar, ¿lo harás como un amateur o un profesional?

Sobre el autor:

Soy CPA, Escritor, Conferenciante y Pasado Presidente del Capítulo Profesional de ALPFA Puerto Rico. Como eterno optimista, mi meta es compartir historias, que logren inspirar, motivar y ayudar a mi generación puertorriqueña para que juntos podamos contribuir activamente al renacimiento de nuestra Isla.

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