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Las cosas por su nombre

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Epitafio de una ilusión

Una de las primeras medidas que toman los médicos cuando les llega un paciente cuya dolencia no es detectable a simple vista es someterlos al proceso conocido como imagen de resonancia magnética. Esta es una especie de fotografía tridimensional que muestra lo más profundo de los huesos, ligamentos, tejidos y órganos y normalmente permite ver con bastante claridad cuál es la anormalidad que está haciendo al individuo ver a Dios cada noche.

Las profundas dolencias que vive Puerto Rico en esta época desgraciada en que nos agobian deudas impagables, parálisis económica, colapso institucional, emigración masiva y desesperanza rampante nos han obligado a practicarle un examen de resonancia magnética a nuestro amado país.

Lloren, pues el diagnóstico ha resultado devastador para muchos de los nuestros: el tumor que aqueja a la Borinquen bella se llama Estado Libre Asociado (ELA), esa criatura adorada por tantos cuyo amparo nos permitió vivir por seis décadas bajo la ilusión de que los problemas fundamentales del país estaban resueltos.

Este es un momento en verdad escalofriante para los que nacieron, crecieron y envejecían con la profunda paz que da el sentirse protegido. Sienten, esos, la sensación del que se acostó en paz y despertó a la intemperie. Están como los que vieron un río indomable llevarse horizonte abajo la casa que con mil sacrificios construyeron. La sensación es de incertidumbre, vacío, confusión, parálisis.

Los puertorriqueños vivimos muy cómodos desde el 1952 para acá. Le entregamos todos los atributos centrales de una sociedad a Estados Unidos, que decide cómo son nuestras leyes bancarias, comerciales y ambientales, quién entra y quién sale de aquí, con quién el país puede hablar y con quién no, con quién negociamos y en qué términos, mientras nos entreteníamos acá en nuestras cuitas pequeñas de “gobierno propio”, las cuales nos permitían jugar a país mientras otro se ocupaba de los verdaderamente importante.

Fue bonita, la ilusión, para los que la tenían, mientras duró. La pared con la que chocamos en este 2015 maldito nos dejó aturdidos. El problema de la deuda, que debería escribirse en mayúscula porque es el elemento definitorio del estado puertorriqueño en este momento, y lo será por mucho tiempo, nos mostró la farsa. Jugamos a ser grandes metiéndonos en ese fétido pantano y ahora la naturaleza del ELA que tanta tranquilidad dio es precisamente lo que nos impide resolver este diabólico enredo.

Veamos cómo es esto: no se puede pagar esa deuda en los términos en que está y vivir a la misma vez. Esa es una verdad como un templo por más que muchos, por las razones que sean, quieran negarlo. Se puede pagar, claro, cada centavo y sus intereses. Pero a costa de la devastación de nuestras instituciones, pues sencillamente el dinero no da para las dos cosas, para pagar y para tener gobierno a la vez.

Y el ELA que tanto gusta a muchos aquí todavía es lo que nos impide resolverlo. Si Puerto Rico fuera estado, podría declararse en quiebra, lo cual nos daría mecanismos para protegernos de los acreedores que, cuando tengan que hacerlo, sin que les tiemble la mano, nos demandarán, en las cortes estadounidenses y bajo sus leyes, por supuesto, para que se les pague aunque niños se queden sin clases y enfermos sin medicinas.

Por el otro lado, si Puerto Rico fuera un país soberano, que pudiera relacionarse con el resto del mundo sin permiso del Tío Sam, quizás no se hubiera metido en esta deuda, porque nos prestaron por montones, a lo loco, de manera temeraria, sin mirar si podíamos pagar, porque el gobierno de Estados Unidos eximió de contribuciones los bonos que ahora son nuestra pesadilla.

Pero aun si tuviéramos una deuda tan grande, estaríamos en posición en este momento de recurrir a la asistencia del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional u otros organismos internacionales que han ayudado a salir de hoyos así, o más profundos, a montones de países.

A esto se reduce, pues, aquella infame frase de campaña, “lo mejor de dos mundos”, con que por mucho tiempo nos vendían al ELA.

Tenemos una deuda descomunal y carecemos de los mecanismos que tienen los estados o los países independientes para defenderse y asegurar su supervivencia cuando, sin querer o queriendo, se meten en laberintos insondables como estos.

Por el momento, lo que nos queda es rogar a Estados Unidos, que no ha hecho más que taparse la nariz y mirar a otro lado. Se han hecho todo tipo de reclamos, sin que ningún corazón allá se haya enternecido.

Lo único que falta es una de esas jornadas de 40 días de ayuno y oración, tan populares aquí, a ver si lo sobrenatural tiene éxito en la empresa en la que lo natural ha fracasado de manera tan estrepitosa.

Que se vea lo bueno en lo malo, dicen los aficionados a la autoayuda. Pues quizás lo bueno de esto malo es justo eso: que se desmoronó la farsa de la colonia. Hay que oír a la gente en la calle para darse cuenta de que cada día son menos los fanáticos de “lo mejor de dos mundos”, aunque falte mucho para la solución definitiva.

Y falta mucho, sí, porque la petición de estadidad ha recibido en Washington una recepción todavía más fría que las peticiones de ayuda para manejar la situación fiscal, aparte de que pocas personas con los pies bien puestos en la tierra creen que un club de ricos como son los 50 estados van a aceptar a un nuevo socio en bancarrota y que, de paso, habla otro idioma y tiene otra cultura.

La independencia, mientras tanto, hace décadas que no está ni cerca de tener apoyo del electorado. Y, por último, la libre asociación, que es reconocida como un status descolonizador, aunque parecería que tiene más adeptos cada día, todavía no son los suficientes para que se le considere la solución.

Mas se avanza un paso a la vez. El que estemos viendo ahora la colonia como siempre fue es un primer paso bien grande y lo vamos dando. Puede, pues, que este 2015 descrito par de párrafos atrás como maldito termine siendo una bendición disfrazada que nos saque al fin de la adolescencia política y nos obligue a asumir nuestro destino como pueblo adulto.

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay, Facebook.com/TorresGotay)

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