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Memoria Errante

Me encuentro frecuentemente con ellos. Pero no duran mucho. Se asoman y se alejan. ¿Será que tienen miedo a ser lastimados una y otra vez? No los juzgo. Han pasado por mucho. Para salir de su vida monótona encontraron un nuevo método de inspiración. Un lugar distinto. Ya no aparecen en el cuarto. Ya no están encerrados. Ahora van a un parque; donde hacen que me recueste de un farol, y miro, no al mar, sino miro a un lago que queda no muy lejos de mi hogar actual, porque es lo más cercano que tengo de la brisa de la playa y del sonar de las olas de mi hogar de antes. Allí me siento, pienso, miro, me enamoro y me ilusiono con las vueltas que da la vida. De cómo una persona puede entrar y salir de la vida de uno. De cómo una persona se viste de amigo y luego se desviste.

En eso me hacen pensar hoy.  No siempre es así; a veces me siento y me hacen escribir sobre las cosas que pasan a diario o semanalmente. A veces hacen que se me olvide cómo sonreír, socializar o de cómo simplemente escribir. Se me quita el ánimo de hacer todo y de hacer nada. Me vuelvo un ocho. Pero siempre encuentran el camino de vuelta y terminan persuadiéndome a pensar cómo sería ser un ave; para volar lejos y buscar nuevos rumbos. O también, en cómo ser un pez, para explorar nuevas corrientes que me lleven y me traigan a lugares distintos. Quizás hasta simplemente me hagan pensar en ser esa flor que nadie quiere dañar. Pero después me ponen a recordar que a las aves las cazan, a los peces los pescan, y que las flores terminan marchitándose.

Surgen momentos en que me siento sola y lo único que tengo es a ellos o la fiel amiga que sale en las noches; que a veces la veo nueva, creciente o llena, pero vuelve a menguar. Son los mismos que, para cambiar el ambiente, hacen que me vaya para la playa en Cabo Rojo a escuchar las olas del mar, pero solo por par de minutos, pues, siempre regreso; porque ese par de minutos eran los que necesitaba para coger el impulso del día. También me llevan a muchos lugares por medio de un olor, un sonido o un sentir. Me llevan al Morro para sentir la fuerte brisa que viene desde lo lejos. Me llevan al campo para acostarme en la hamaca y oler ese fuerte aroma de un árbol de tamarindo.

Son muchas las maneras en que los recuerdos te llevan a un sentimiento, a un lugar, a un libro de aventuras o de poemas, o a un reencuentro contigo mismo.

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