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Menos política para la ciencia, más ciencia para la política

Crisis. Inestabilidad. Deuda. Estancamiento. Las palabras que describen la situación actual de Puerto Rico son muchas y pudiera llenar párrafos solo mencionándolas. Ya se han usados miles de páginas y palabras en múltiples medios tratando de explicar cómo llegamos aquí. Y aunque menos, algunas se han dedicado a trazar posibles rutas para encaminarnos a la prosperidad. Aquí les doy una posible causa más, que creo que es raíz de buena parte de lo que está pasando. Más importante aún, como eterno optimista, hago un llamado a los políticos.

Los asuntos de política pública, los que nos encaminan hacia la prosperidad o al fracaso, históricamente han carecido de dos cosas: política sobre ciencia, y ciencia para la política. Lo primero es esencial, pero lo dejo para otro momento. Hablemos de lo segundo, ciencia para la política.

Muchos de los asuntos de política pública más importantes contienen aspectos de ciencia, tecnología,  ingeniería o matemática. Algunos son temas que son directamente científicos, como la energía y el ambiente, pero también hay otros que no son asociados automáticamente con las ciencias o tecnología, como el proceso presupuestario o el servicio al ciudadano, que pueden ser revolucionados por la tecnología. Por eso es lógico que como poco se le dé mayor importancia al peritaje de científicos o especialistas por encima de otras consideraciones.

Claro está que la ciencia no es el único criterio para tomar decisiones de política pública, y no propongo que así sea. El problema es que usualmente es lo último que se toma en cuenta, si es que se considera.

Es entendible, ya que prácticamente ningún legislador, y muy pocos oficiales de gobierno, tienen una formación en campos de ciencia, tecnología, ingeniería y matemática.  Si bien contamos con profesionales científicos de excelencia en muchas agencias y entidades reguladoras, por lo general no los hay con experiencia en la formulación de política pública. Eso es muy peligroso, porque terminamos con soluciones y políticas que ponen primero la percepción pública o las buenas intenciones mal canalizadas, sobre los datos y el peritaje. Quien sufre al final es el ciudadano que, por ejemplo, no goza de fuentes más baratas de energía, o a quien se le saca dinero para implantar cosas que ni tienen sentido científico.

El problema de la ciencia para la política no se limita a que el gobierno no usa la perspectiva del científico o del tecnólogo en la política pública. Se extiende además a que el gobierno no incorpora el método científico que aprendemos en cuarto grado: hipótesis, experimento, resultado, recomendaciones. Ya basta de hacer las cosas por pura ideología, instinto y olfato nada más, sin saber lo que funciona o no. Para hacerlo bien, los políticos se tienen que comprometer con lo siguiente:

1. Usar la ciencia para informar las posturas, y no pescar información para justificar opiniones ya formadas.

2. Para los asuntos científicos, poner el peritaje científico por encima del político. De otra manera, sería corrupción o incompetencia.

3. Apoyar el desarrollo de científicos y tecnólogos con destrezas para desarrollar e implementar política pública.

4. Utilizar el método científico como base para la toma de decisiones, basando las mismas en evidencia experimental, y no en prejuicios ideológicos.

5. Implementar las herramientas tecnológicas y los procesos que sean necesarios para que se pueda inculcar en el gobierno una cultura de datos,  transparencia y experimentación en busca de resultados repetibles.

Esto no es todo y he dejado fuera los detalles de implementación, los que discutiré en el futuro. Sin embargo, estos principios generales trazan una ruta general hacia el uso de la ciencia y el método científico en la política pública del país. Los encargados de ésta deben aceptar que en ciertas áreas claves como producción de energía, las decisiones no se deben basar únicamente en potenciales resultados a corto plazo. Ahora más que nunca necesitamos una visión de mundo que mire a mediano plazo y a las próximas generaciones.

Para mejorar la educación o la salud pública, para generar energía limpia o para crear riquezas, necesitamos que la ciencia y el método científico se integre a la política y a la sociedad. Nos urge menos política para la ciencia, y más ciencia para la política.

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