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Sin hielo no hay paraíso

Los otros días, al pasar frente a un a iglesia, me sorprendió ver pegado de la puerta un papel escrito a mano que leía: “No hay hielo”.
Me dije que no hacía falta más evidencia para comprobar el nivel de desesperación en que ha caído alguna gente, que hasta ha llegado a confiar en la ayuda divina no solo para llegar al cielo, sino para tratar de conseguir hielo, un producto en el que apenas pensábamos mientras estábamos viviendo nuestra vida normal.
Para mí, curiosamente, el hielo no es tan esencial, pero no niego que, cada vez que siguen pasando los días, las realidades cotidianas también siguen golpeándome el espíritu a pesar de que, en mi caso personal, podría decirse que estoy mejor que muchos más: mi residencia apenas sufrió daños por el paso de María, he tenido agua desde el segundo o tercer día y las crisis ocasionadas por la falta de acceso a la comida, el dinero en efectivo, el celular, el internet y la gasolina se han ido aminorando poco a poco. Aunque sigo sin electricidad, un amable vecino que primero tenía planta y ahora tiene electricidad me tendió una extensión desde su residencia, por lo que por lo menos tengo luz para leer, un abanico para permitirme dormir en las noches y la posibilidad de ver televisión y, por consiguiente, seguir pendiente de los ‘playoffs’ de Grandes Ligas.

Elio Chacón.

 

Sin embargo, admito que pese a la presencia de nuevas estrellas boricuas como Lindor y Correa y de la participación de grandes equipos -muchos de ellos de gran tradición, como los Yankees, Dodgers, Cachorros y Medias Rojas-, la realidad es que este año me está costando bastante trabajo el meterme de lleno en los juegos.
Y la razón no es tan solo que los Bravos de Atlanta nuevamente quedaran a varios años luz de llegar a los ‘playoffs’.
La principal razón, naturalmente, es el huracán María.
Pero no es solo eso: me parece que los devastadores efectos del huracán solo han sido el punto culminante de una realidad vital que me parece cada vez más desagradable: una cosa es vivir en un mundo donde la crisis económica nos arropa, el presidente de los Estados Unidos es una broma de mal gusto, existe un líder coreano que se pasa lanzando misiles en todas las direcciones mientras se ríe a mandíbula batiente y cada dos o tres meses surge un loco o un grupo de locos que le entra a tiros a medio mundo.
Mucho peor, sin embargo, es vivir en un mundo como ese y, para colmo, tener que hacer horas de fila para comprar un galón de agua.

 

Claro, recuerdo haber leído una vez un análisis que decía que, en las grandes crisis, la sociedad en general recurre siempre al escapismo. Por eso, por ejemplo, en medio de la Gran Depresión de los años treinta, Hollywood popularizó las fantasiosas películas musicales, llenas de lujos, bailes y canciones memorables.
Quizá por eso Hollywood sigue mandándonos ahora, una tras otra, películas de Wonder Woman y otros héroes fantásticos.
En honor a toda esa ilustre tradición de escapismo, pues, se me ocurre compartir con ustedes una anécdota beisbolera que data de la temporada de 1962 en el béisbol de Grandes Ligas, lo que de inmediato nos transporta a un mundo que, al menos en teoría, nos luce mucho más agradable e inocente que el que estamos viviendo ahora.
Aunque, claro está, también era un mundo sumido en la amenaza perenne de la guerra fría y las luchas por los derechos civiles.

 

Esa fue la temporada en la que debutaron, como equipo de expansión, los Mets de Nueva York, quienes ese año, dirigidos por Casey Stengel -el hombre que había ganado una retahíla interminable con los Yankees-, implantaron una marca como el peor equipo de todos los tiempos al amasar un récord de 42-120.
Era un equipo construido a base de veteranos con nombre pero de producción bastante decaída, reclutados más que nada para atraer al fanático que aún no se había recuperado de la partida de los Dodgers de Brooklyn y Gigantes de Nueva York en 1957: Gil Hodges, Duke Snider, Richie Ashburn, Roger Craig
Ocurrió lo imprevisto: tal era el nivel de torpeza y falta de talento de sus jugadores, que la fanaticada pronto empezó a encariñarse con sus Mets, y pronto comenzó a llenar el parque aunque solo fuera para verlos sufrir otra derrota.
Esta anécdota, por consiguiente, resume perfectamente, la combinación perfecta de ineptitud y simpatía que caracterizó al equipo conocido como The Amazin’ Mets.

 

Yo La Tengo.

 

Un día, Ashburn, el jardinero central, corrió hacia el frente gritando ‘I have it! I have it!”, cuando un bateador contrario conectó un bombo que apenas había sobrevolado el cuadro interior.
El problema fue que el torpedero Elio Chacóֶn, venezolano, no sabía nada de inglés, no entendía lo que Ashburn estaba gritando, y los dos chocaron de frente.
Para resolver el problema, Stengel los citó a una reunión y Ashburn aprendió a decir ‘Yo la tengo” en español, para que Chacón lo entendiera la próxima vez que anduvieran en una situación similar.
Esa próxima vez, Ashburn, en efecto, gritó ‘¡Yo la tengo!, ¡yo la tengo!’ y, complacido, vio cómo Chacón frenaba y le dejaba la bola.
Ya levantaba el guante para hacer la atrapada, sin embargo, cuando el jardinero izquierdo, Frank Thomas, que también perseguía la bola y no sabía nada de español, lo embistió por un lado.
Luego de ayudarlo a levantarse, Thomas le preguntó a Ashburn: “¿Qué diablos es eso de Yellow Tango?”
La laureada banda de rock ‘indie’ de New Jersey, Yo La Tengo, que ha sacado 14 discos hasta el momento, debe su nombre a esta anécdota.
En fin, los dejo, que voy a buscar hielo a la iglesia más cercana.

 

 

El autor formó parte de la redacción deportiva de El Nuevo Día de 1981 a 2008 y es el autor de San-Tito, sobre la carrera de Tito Trinidad. Acaba de publicar su primera novela publicada, El último kamikaze, ganadora del Premio Nacional de Novela del Instituto de Cultura Puertorriqueña.
(ceuyoyi@hotmail.com).
En twitter, Ceuyoyi, En Facebook, Jorge Prez

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