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Monótona exhibición en Las Vegas

 

Hacía mucho tiempo que no me sentaba a ver una pelea de boxeo de alta relevancia y quedaba estremecido por la fogosidad y la grandeza de la acción que se había desarrollaba sobre el ring.
¿Saben qué?
Yo ni sentí ni una milésima parte de esa emoción cuando, el sábado, me senté a ver lo que se había anunciado como como una posible reedición de la Batalla de Puebla entre Saúl ‘Canelo’ Alvarez (ahora 49-1-1 y 34) y Julio César Chávez, Jr., (50-3-1 y 32), dos de los peleadores mexicanos más promocionados de los últimos tiempos, y terminé viendo un aburrido guanteo ante más de 20,000 espectadores en el T-Mobile Arena de Las Vegas.
En vez de dejarlo a uno clamando por la revancha, más bien lo dejó clamando por que la pelea no hubiese ocurrido nunca.
Claro, el principal responsable de esto lo fue Chávez, quien simplemente se dedicó a perseguir sin mucha efectividad por el ring a su rival, cuando no estaba retrocediendo sin mucha efectividad ante él.


En contadas ocasiones, finalmente, se dedicó a atacar, también sin mucha efectividad, con andanadas de golpes abiertos, el cuerpo y el rostro cubierto de Canelo cuando este le hacía el favor de recostarse contra las sogas en algunos asaltos.
Al final, los tres jueces votaron 120-108, y Chávez se fue a casa con algunos milloncitos adicionales en el bolsillo y la triste expectativa de amanecerse escuchando las críticas y los chillidos de su padre legendario, nuevamente avergonzado por una actuación suya.
Entretanto, aparte de engrandecer un poco más su fortuna, Canelo, acostumbrado ya a las victorias abrumadoras sobre rivales a los que debe dominar sin problemas, cuando no está viéndose dominado abrumadoramente por un Mayweather o pasando las de Caín para escapar con dudosas victorias por puntos frente a Erislandy Lara o Miguel Cotto, tampoco podía vanagloriarse de haber deslumbrado a nadie con una actuación memorable.
Cuando se acercaba el final de la pelea, uno de los narradores de la transmisión por HBO ‘pay-per-view’, no recuerdo cuál -¿no les pasa a ustedes que sus voces empiezan a volvérseles idénticas según progresan las peleas, especialmente las más aburridas?-, comentó que ahora la gente va a concederle muchas más oportunidades de triunfo a Canelo en una pelea con Golovkin -anunciada para el 16 de septiembre-.

 
Lo cual es verdad… pero no porque Canelo haya demostrado una gran mejoría en sus últimas peleas, sino, creo yo, porque Golovkin dio muestras de vulnerabilidad en su última presentación ante Daniel Jacobs, confrontación que mucha gente le vio perder.
Y, claro, al acceder a pelear con Chávez en las 164 libras cuando antes, incluso siendo campeón mediano, había rechazado pelear en más de 155 libras, a Canelo debería hacérsele difícil exigirle un peso ‘intermedio’ a un Golovkin que, irónicamente, nunca ha pesado más de 160 libras.
En fin, lo que yo vi anoche fue a un Canelo que, aunque más fuerte y más pesado, es exactamente el mismo peleador que era cuando Mayweather se puso a jugar con él hace más de tres años.
Es decir, es el tipo de peleador que no pudo lastimar nunca a un Chávez apático y evidentemente debilitado por el bajón de peso y que, aparte de eso, nunca ha sido nada del otro mundo.

 
¿O acaso alguien recuerda una pelea suya que pueda considerarse una gran victoria?
Yo solo recuerdo su casi victoria sobre Sergio ‘Maravilla’ Martínez, cuando estuvo a punto de noquearlo en los últimos asaltos, pero eso solo fue después de haber recibido una paliza infernal después de 10 episodios y aprovechó el cansancio y la inferioridad física del veterano campeón argentino.
Las justificaciones de Chávez sonaron huecas: “Traté de boxear”, dijo. También habló de que confrontó problemas técnicos con la velocidad con su distancia y velocidad y elogió a la misma vez la movilidad, velocidad y energía de su rival.
Canelo, entretanto, tuvo que reaccionar a algunas críticas acerca de su falta de voluntad para terminar con un rival inferior que no buscaba la victoria.
“Sencillamente él no tiró muchos golpes”, dijo.
Y tampoco quedó muy bien parado el legendario entrenador Nacho Beristáin, reclutado por el bando Chávez para esta pelea, y a quien tal vez deba responsabilizarse por la insólita decisión de Julito de tratar de transformarse en un estilista sobre el ring después de más de 50 peleas como profesional y luego pareció pasarse la mayoría del tiempo en la esquina advirtiéndole a su peleador que estaba perdiendo y que debía tirar más golpes.

 
Para finalizar, es bueno citar al siempre elocuente exejecutivo de HBO y promotor rival Lou DiBella, conocido, entre otras cosas, por sus comentarios ingeniosos por ‘twitter’ en las noches de pelea.
Ante un ‘tuit’ de alguien que decía “échale la culpa a Nacho”, DiBella respondió: “No, echémonos la culpa a nosotros mismos por haber pagado”.

 

 

El autor formó parte de la redacción deportiva de El Nuevo Día de 1981 a 2008 y es el autor de San-Tito, sobre la carrera de Tito Trinidad. Acaba de publicar su primera novela, El último kamikaze, ganadora del Premio Nacional de Novela del Instituto de Cultura Puertorriqueña.
(ceuyoyi@hotmail.com).
En twitter, Ceuyoyi, En Facebook, Jorge Prez

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