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El temible virus del boxeo

Si durante el pasado fin de semana usted, querido amigo, se puso a caminar con su bandeja por entre las mesas del ‘food court’  del centro comercial cagueño Las Catalinas, risueñamente ‘escouteando’ a las chicas en minifalda, no tan solo corrió el peligro de chocar con el cochecito lleno de bebes que siempre inundan los centros comerciales. 

También es muy posible que se topara con la visión medio surrealista de la figura de un joven (o una joven) saltando de un lado a otro y lanzando golpes al aire.

La sorpresa se disipó, claro, cuando usted levantó la vista y vio el ring de boxeo instalado en el centro del ‘food court’: allí donde, desde jueves hasta el domingo, se celebró la cuarta edición del ya prestigioso torneo de boxeo aficionado Miguel A. Cotto, padre, el cual organiza el gimnasio Bairoa.

Ideado por el administrador del Bairoa, Evangelista Cotto, el torneo siempre ha tenido el atractivo especial de celebrarse en Las Catalinas al contar con el apoyo total de la directiva de ese centro comercial.

“Así también ayudamos a llevarle boxeo a la gente que normalmente no tiene la oportunidad de verlo”, argumenta con toda razón Evangelista al explicar la ubicación del torneo dedicado a la memoria de su hermano, el entrenador y líder del boxeo aficionado que falleció en 2010.

Claro que algo parecido se ha hecho ya en el profesionalismo: décadas atrás, en algunos hoteles se celebraban las llamadas ‘boxicenas’, en las que la gente comía en restaurantes de lujo mientras que dos individuos zumbándose puños encima del ring les ayudaba, presumiblemente, a mejorar la digestión.

Pero aquí no había que pagar: todo el que quería ver boxeo ‘en vivo’ sencillamente podía sentarse a una de las mesas, sin ni siquiera tener que consumir nada.

Y la verdad es que, dado el bullicio del público -los empleados de algunos de los establecimientos se quejaban de que a veces no podían escuchar las órdenes de sus clientes-, uno no tardaba en olvidarse de dónde estaba y se veía inmerso en la típica dinámica de las carteleras de boxeo: cerca de las mesas, los entrenadores ‘mascoteaban’  a sus pupilos, algunos tan pequeños como de 11 años de edad, al acercarse la hora de subir al ring; al mismo tiempo, algún peleador podía pasarles por el lado, con el ojo magullado y todo sudado, después de bajarse del cuadrilátero.

Si había ganado, amigos y familiares le rodeaban y trataban de propinarle un nocaut a base de los manotazos de felicitación que llovían sobre sus espaldas, y todos querían tomarse fotos con su celular.

Y si había perdido, amigos y familiares también lo rodeaban, trataban de infudirle ánimo… y le pedían tomarse fotos con él.

Una tarde, sin embargo, todo el bullicio se quedó mudo ante los gritos de una mujer que, evidentemente, respaldaba a los peleadores del Bairoa.

Y no era solo gritos los que emanaban de ella, sino instrucciones bien precisas y cortantes: “¡Tiraaa! ¡Tiraaa! ¿Pero por qué no tiras?”

Intrigado, en determinado momento me le acerqué y le pregunté la razón para una participación tan intensa que, de hecho, anulaba la necesidad de tener entrenadores en la esquina.

“Es que mis dos hijos están en el Bairoa”, me explicó la dama.

Le comenté que hacía unos años existió otra entrenadora ‘ad hoc’: la famosa madre de los hermanos Solís, de Caimito, pero ella no estaba consciente de ese monumental precedente histórico.

En fin, como en todo torneo de boxeo aficionado -eventos que progresan durante varios días-, en el Miguel Cotto, padre fueron desarrollándose numerosas historias de gran interés humano. En esta ocasión, la que más atrajo mi atención fue la del excampeón mundial welter de la OMB, Carlos ‘El Indio’  Quintana, ya retirado a los 37 años, a quien sorpresivamente vi trabajando en la esquina de su hijo de 17 años, Jean Quintana, representante de Moca.

Me sorprendió? porque yo sabía que Quintana, quien tenía una finca en su Moca natal y parecía deseoso de dedicarse a la agricultura después de su retiro, se había mudado a Tampa hacía un tiempo, más que nada para facilitarle un tratamiento médico a su esposa, madre de sus cuatro hijos.

Con su afabilidad habitual, Quintana me explicó que, en efecto, había comprado casa en Tampa y que su esposa, ya totalmente repuesta y sin requerir más tratamiento, incluso había conseguido trabajo allí, mientras que él operaba un gimnasio.

Más aún, sus hijas mayores -gemelas de 19 años- estaban ya en la universidad, y ese era el destino que le tenía deparado también a Jean.

“El está viviendo ahora con su abuela en Moca en lo que termina el cuarto año de escuela superior aquí, porque no se adaptó a la escuela en Tampa”, explicó el exboxeador, “pero, cuando termine, va directito para la Universidad: le gustan mucho los números, la contabilidad”.

El único posible obstáculo para estos planes paternales fue que el muchacho, que antes no había sentido mucha atracción por el boxeo, de pronto comenzó a entrenar, hizo unas seis peleas como aficionado en los Estados Unidos y aquí quiso inscribirse en el torneo Cotto, padre.

Así, provocó que su padre viajara expresamente para estar en su esquina.

El plan original, me dijo Quintana el primer día, fue que Jean quemara un poco esa fiebre para después dedicarse de lleno a los estudios, pero el problema fue que, a pesar de estar peleando como adulto frente a rivales que tenían 19 años y más, el menor de los Quintana ganó sus primeras tres peleas y el domingo se encontró disputando el cetro de las 132 libras con el mucho más experimentado Maxwell Ortiz, un peleador del Bairoa que ya cuenta con 19 años de edad.

Aunque dio buena cuenta de sí, Jean perdió por nocaut técnico en el tercer asalto y, luego se le vio alejarse del ring llorando y cubriéndose la cabeza con una toalla.

Era la primera derrota de su vida.

Su padre insistió en lo que ahora procede es un regreso a los estudios pero, con una entristecida sonrisa de resignación, también admitió que era posible que su hijo haya contraído inevitablemente el virus del boxeo: el temible Aedes Boxisticus.

El autor formó parte de la redacción deportiva de El Nuevo Día de 1981 a 2008 y acaba de publicar su primer libro, San-Tito, sobre la carrera de Tito Trinidad.

(ceuyoyi@hotmail.com)

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