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¿Y el llorar pa’ cuándo?

Era una actividad para reconocer universitarios sobresalientes que estudian Ingeniería. Y fue así, se les entregó sus certificados y algún emblema para significar ese importante logro. Incluso se trajo a una persona para que compartiera con ellos una charla de motivación. Hablaba sobre el valor del esfuerzo, en fin, el discurso tradicional propio para estos casos. Mientras estaba en su alocución, les expresó a los jóvenes lo siguiente: “Porque como se dice en mi barrio: ¡A llorar pa’ maternidad!” De más está contarles que, inmediatamente, perdí la comunión. ¡No podía creer lo que mis oídos escuchaban!

A mi juicio, una expresión pueblerina muy inadecuada en múltiples dimensiones. En primer lugar, porque el alumbramiento de un ser humano debe ser considerado como una de las experiencias más sublimes del existir. Sí, incluye lágrimas, porque se trata de un proceso físico doloroso y extenuante que experimentan algunas féminas que, al mismo tiempo, requiere de una gran valentía y fortaleza extrema. Nada más y nada menos es el alumbramiento de un nuevo ser que, con toda la inversión física y emocional de la experiencia, dibuja inmediatamente una sonrisa en el rostro de esa mujer, tan pronto sostiene a la criatura en sus brazos. Es entonces, ese “llorar en la sala de maternidad”, el prefacio de la vida misma, el lugar del que todos emergemos. La connotación negativa de la frase idiomática ha inferido, históricamente, que se trata de un lugar de debilidad y vulnerabilidad, representativo de las féminas. Sin embargo, si analizamos en detalle esa intensa dicotomía de dolor y alegría que se produce, en esa sala de maternidad, nada tiene que ver con el ingrato, mal usado, y hasta machista dicho.

La segunda razón, y la que más quiero vincular al ejercicio de desarrollar la inteligencia emocional, es que, al compartir esa expresión durante su charla, implicaba el mensaje de que: “debes ser fuerte, no debes llorar” (y todos sabemos que en nuestra cultura se ha enfatizado esa socialización más a los varones que a las mujeres). En otras palabras, la fatídica expresión pueblerina también se usa para significar que para lograr algo en la vida, tenemos que suprimir el llanto, secarnos las lágrimas y seguir hacia adelante.

El consultor Justin Bariso, autor del libro EQ Applied: The Real-World Guide to Emotional Intelligence describe la inteligencia emocional como la “habilidad de una persona de identificar sus propias emociones y las de otros, reconocer los efectos poderosos de las emociones, y utilizar esos datos para informar y guiar el comportamiento”. Va más allá al manifestar que la inteligencia emocional no se trata de evitar las emociones, que tradicionalmente se perciben como negativas, más bien “es aprender a identificar cuando se aproximan esas emociones, para que no te las encuentres de manera inadvertida y puedas manejarlas en una forma de la que luego no te arrepientas”.

En otras palabras, a veces en el camino nos tocará llorar a todos y todas: mujeres y hombres. Practicar la inteligencia emocional no es sinónimo de suprimir mis emociones, conlleva poder conocernos a nosotros mismos para hacer un manejo efectivo de nuestras emociones. Como lo explica el doctor Daniel Goleman, “ejercer autodominio emocional no significa negar o reprimir verdaderos sentimientos. Los estados de ánimo ‘malos’ tienen su utilidad: el enojo, la tristeza y el miedo pueden ser una intensa fuente de motivación, sobre todo cuando surge el afán de corregir una injusticia e inequidad’.

Sí, el llorar ocurrirá en maternidad, donde también acontece el milagro de la vida; espacio representativo de las alegrías y tristezas que nos tocará experimentar; aposento de esperanza de un buen porvenir pletórico de muchas emociones, todas importantes para moldearnos como mejores personas.

Arte Kaliany Serrano Viera

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