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Deshojando margaritas

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Reunidos al fin

Llevaba tres días sin poder comunicarme con mi familia cuando recibí esa llamada. Tan pronto vi que era la colega periodista Wilma Maldonado mi corazón brincó de alegría. Días antes de la tormenta le había pedido que durante su cobertura del ciclón María por la región de Arecibo, si se caían las comunicaciones, que era lo más probable, tratara de pasar por el lugar donde estaría mi familia, para saber cómo estaban tras la tormenta.

“Todos están bien, Marga, tranquila”, fue su saludo y empecé a llorar. Ya en mi interior yo lo sabía pues estaban en un lugar seguro y rodeados del amor y cuidados de familiares, pero esa llamada fue un bálsamo para mi alma. “Cuando llegué estaban desayunando. Ya mismo llego y te paso una foto que les tomé”, me dijo tras indicarme que había localizado la casa donde estaban fácilmente con las direcciones que le había dado.

Les confieso que cuando Wilma llegó a la redacción del periódico, donde estaba pernoctando como parte de la cobertura de la tormenta, le di un largo abrazo. Su gesto de recordarse de mi encomienda y traerme noticias de los míos vale un millón y nunca será olvidado.

Mi angustia de no saber de mi familia cambió entonces a cuando podría volver a verlos ya que en primer lugar no sabía cuando me desactivarían de la cobertura continua de la tormenta y en segundo lugar no sabía cuando el camino hasta Arecibo estaría transitable. Afortunadamente, con algo de dificultad, pocas horas después de la tormenta me había podido comunicar con mis padres y hermanos y sabía que estaban bien, lo que me tranquilizaba enormemente. Claro, ellos estaban en el área metro donde, con dificultad, entraban algunas llamadas y mensajes de texto.

Mi esposo se había ido para Arecibo, junto a mis hijos, para estar cerca de los suyos durante la tormenta y ayudar en caso de alguna eventualidad. Luego supe que su presencia allá fue clave para subsanar algunos daños menores en casa de varios familiares.

Fue el viernes después de la tormenta, ya liberada de mis tareas periodísticas la noche antes, cuando finalmente los volví a ver. No puedo expresarles la gran alegría que sentí cuando los vi llegar a casa para sorprenderme con su presencia ese día que justo cumplía años.

Historias como la que viví se repiten en estos días. Poco a poco las familias se reunen o se reconectan, aunque hay muchas que aún no lo han logrado y viven momentos de gran angustia. “Esto es ahora una batalla de resiliencia mental y física”, me dijo un amigo en estos días.

¡Ánimo Puerto Rico, juntos nos levantaremos!

¡Hablamos pronto!

 

 

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