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Toda una vida esperando

 

Ernesto se enamoró de Margarita exactamente a las 3:15 de la tarde de 13 de febrero de 1984, en uno de los pasillos del primer nivel de San Patricio Plaza.
Minutos antes, los dos -que no se veían desde que unos 10 años antes habían sido compañeros de clase en la Universidad- se habían encontrado allí por accidente. El cargaba en una bolsa el pajarraco de porcelana que acababa de comprar, obsequio que le tenía destinado a su esposa para el Día de San Valentín; y Margarita un espantoso sombrerón mexicano que también acababa de comprar, en su caso para regalarle a su marido..
Conversaron durante algunos minutos como suelen hacerlo dos viejos amigos que no se ven desde hace un tiempo, y se dijeron las mentiras de rigor: “estás igualita”, “y tú también”, “parece que los años no se atreven a pasar por ti”, etcétera, etcétera.Pero lo que más impresionó a Ernesto fue percatarse de que, al igual que él, ella casi en el último momento posible había corrido para ir a comprarle un regalo poco serio a su cónyuge.
“Cuando salimos a comer, donde único me lleva a comer es a un restaurante mexicano, que es su comida favorita”, dijo Margarita al explicar el sombrero. “Y yo estoy hasta aquí de jalapeños”.
Ernesto, por su parte, justificó el pajarraco al explicar que su esposa le había advertido: “Si me vuelves a regalar un juego de sábanas te juro que te ahorco con ellas”.


Cuando la vio alejarse, Ernesto, rascándose la cabeza, se preguntó por qué nunca se había enamorado de aquella mujer cuando ambos habían estado en la universidad.
El gesto, naturalmente, provocó que se le cayera al piso, deshaciéndose en mil pedazos, el pajarraco de porcelana. Y él terminó comprándole otro juego de cama a su media naranja.
No volvió a saber de Margarita hasta que se topó con ella el 15 de abril de 1987 a la entrada del edificio de Hacienda, donde ambos, curiosamente, habían acudido a entregar la planilla en el último momento posible.
En medio de los empujones y gritos de histeria, a Ernesto le pareció escuchar que Margarita la decía que ella había enviudado y estaba “solterita y coleando”.
Pero él apenas tuvo tiempo de decirle que, a su vez, aunque se había divorciado -su esposa no había asimilado aquel último sabanazo-, él había vuelto a contraer matrimonio no hacía mucho.
“Soy reincidente”, explicó.
Mientras se alejaba en medio del tumulto, ella le gritó: “Cualquier cosa me llamas. Tú tienes mi número”.
“Claro”, berreó él, que hacía tiempo que había perdido el papelito en que había apuntado su número telefónico.

 
Volvieron a verse en un restaurante el 25 de diciembre de 1995: esa noche, él le dijo risueño que se había divorciado por segunda vez, pero ella le explicó que acababa de pasar su luna de miel en Acapulco, y le presentó a su nuevo marido: nada menos que uno de los meseros del restaurante mexicano al que su primer marido la había llevado con exagerada asiduidad.
Luego, el 11 de septiembre de 2001, ambos coincidieron entre el grupo de clientes que miraban boquiabiertos el ataque a las torres gemelas en las gigantescas pantallas del departamento de televisores de Sears en Plaza las Américas.
Esta vez Margarita le notificó que volvía a estar “en el mercado” luego de divorciarse del mexicano, pero Ernesto, entristecido, le confesó que acababa de casarse por tercera vez.
Antes de despedirse, Margarita le propuso lo siguiente: tan pronto uno de ellos dos sufriera un cambio en su estatus marital -lo que parecía inevitable-, el próximo paso sería llamar al otro para darle la primera opción amorosa antes de entrar a la agencia libre.
“¿De acuerdo?” preguntó ella.
“Seguro”, le dijo él.
Pero esa llamada sigue sin llegar… y los años no pasan en vano.

 

 

romeomareo2@gmail.com

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