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Bella por dentro y por fuera

 

Gonzalo, quien trabaja en la división de contabilidad de la empresa donde yo laboro, ya casi se había dado por vencido en sus intentos por conquistar a Seri, la del departamento de cómputos.
Por lo menos ya se había dado cuenta de cuál era la mejor manera de no llegar a ningún lado con ella.
Su plan de ataque había comenzado modestamente: “Oye, Seri”, le dijo un día cuando ambos coincidieron en el saloncito del café, “¿Esa blusa es nueva? No te la había visto antes. Te queda muy…”.
Ella le respondió con un tono cortante: “Okey, tremendo”, le dijo. “Aprovecho para preguntarte, ¿te acuerdas de aquella cuenta que te pedí hace un par de días? ¿Para cuándo crees que podrás entregármela?”
Un enfoque similar, esta vez relacionado con su nuevo peinado, confrontó un resultado parecido.
“¿Que tú crees que me queda bien?” le dijo ella. “Pues lo mejor que haces es no meterte nunca a estilista”.
“Ya yo me juré que más nunca regreso a ese beauty”.

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Su tercer ‘strike’ fue en la cafetería, cuando él iba a sacar los refrescos de la máquina y le preguntó si ella quería uno regular o de dieta.
Seri casi se insultó: “¿De dieta? ¿Con lo esquelética que estoy? Si ya casi tengo que ponerme los espejuelos para verme en el espejo”.
Lo irónico, naturalmente, era que, según el pensar de Gonzalo, Seri vestía de una manera impecable, siendo capaz de alcanzar esa sublime perfección femenina de lucir ‘sexy’ y recatada a la misma vez. Además, el nuevo peinado si acaso superaba la perfección de su peinado anterior, y si tener un cuerpo como el suyo equivalía a estar esquelética, entonces alguien debería iniciar una colecta para alimentar a Hale Berry.
Pero era evidente que no la iban a conquistar a base de piropos.
En fin, él ya estaba a punto de tirar la toalla -junto al jabón y el gorro de baño- cuando entonces ocurrió algo fortuito que le dio un vuelco a la situación.
Sucedió en una de esas somníferas reuniones semanales del ‘staff’, en las que se cita a los empleados para que en un ambiente de forzada informalidad todo el mundo aporte ideas para mejorar el trabajo.

 
Y allí Seri fue una de las pocas que dijo algo que hacía sentido, cuando propuso que en vez de seguir promocionando a la compañía con bolígrafos o vasos plásticos que llevaran grabado su nombre, lo apropiado era hacerlo con audífonos, los pequeñines USB o cualquier otro aditamento para equipos electrónicos que comprobara que la empresa por fin reconocía que estábamos en el siglo 21.
La sugerencia fue prácticamente acogida con aplausos de todos los presentes, tal vez debido a que había hambre y muchos tenían la esperanza de que los jefes aprovecharan ese momento de ebullición para decretar una pausa para el almuerzo.
Así, al coincidir con ella en la fila de la cafetería, más con la intención de decir algo que por otra cosa, Gonzalo le dijo que su idea le había parecido la cosa más lógica e inteligente que había escuchado en mucho tiempo.
Los ojos de Seri se iluminaron como los focos de un carro que lleva las luces largas.
“¿Te parece? ¿Crees que estuvo bien?”, le dijo ella.

 
Al ver que iba por buen camino, él le dijo entonces que, con ideas como esa, no le extrañaría que Seri pasara a ocupar dentro de poco algún puesto gerencial en la empresa.
La muchacha se desbordó en una sonrisa.
“Si, yo siempre he tenido muchas ideas”, dijo. “Pero es que a veces la gente la ve a una así, medio bonita, y se cree que no tiene nada en el cerebro”.
Gonzalo resolvió entonces dar la estocada final: “¿Bonita? Tal vez un poco. Pero yo siempre he admirado tu inteligencia”.
La suerte estaba echada.
Dos noches después, cuando estaban en el cine, ella lo abrazó de pronto y le dijo al oído que esa había sido la cosa más romántica que le habían dicho en toda su vida.

Romeomareo2@gmail.com

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