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El poder es de Dios, no de la oración

La tradición y el pobre entendimiento de la palabra de Dios es lo que nos ha hecho quitarle poder a Dios y otorgárselo a los medios de gracia que Él mismo nos dio. Todo por seguir las costumbres y no lo que dice la Biblia.

Solo ruego que lo siguiente no sea tomado por quienes lean y se sientan aludidos, como una crítica destructiva, sino que al igual que en el pasado me ha ocurrido cuando me doy cuenta que interpreté mal o fui incorrectamente instruido, agradezco a Dios por la nueva oportunidad de que alguien me enseñe la sana doctrina. Justo lo que dice la Biblia, no las tradiciones.

Aunque me cueste reconocer lo errado que estaba, creo que la actitud debe ser de humildad cuando nos muestran por la Palabra el error en que estábamos. No se trata de saber más que nadie, sino dejarnos guiar por la Palabra, si es que decimos ser cristianos.

En cuanto al tema de hoy, debemos reconocer que ni la fe ni la oración son mayores que Dios, ni tienen poder en sí mismas. ¿Estoy diciendo que la oración no es valiosa? ¿Que no es importante? No, no es eso. Al contrario. Le estamos dando valor aquí, pero reconociendo de quién viene el poder. Y ese poder no viene de nosotros al orar. Si así fuera, no necesitáramos hacerlo.

Si el poder para recibir respuesta o ser escuchados al hacer una oración estuviera en nosotros mismos o en nuestra oración, estaríamos destinados al fracaso pues la misma Biblia nos muestra que muchas veces oramos incorrectamente.

Que bueno que es en Dios en quien está el poder y la única autoridad para responder como soberano que es.

Citaré un libro que tuve el privilegio de estudiar y que está fundamentado en la Palabra de Dios. De acuerdo al libro Teología Sistemática de Wayne Grudem, la oración se puede definir como sigue: La oración es comunicación personal con Dios.

Según el autor, Dios quiere que oremos porque la oración expresa nuestra confianza en Dios y es un medio por el cual nuestra confianza en Él puede aumentar.

En otras palabras, nuestra confianza tiene que estar en Dios, no en la oración, porque Él es el destinatario de nuestra oración. Puede parecer paradójico porque la oración es muy valiosa. Pero la diferencia está en reconocer por qué es que oramos. No oramos al vacío.

Cuando hablamos, lo hacemos con alguien, y le damos valor a esa relación o a ese vínculo con una persona, no a la acción misma de hablar, a no ser que sea una de esas personas a quienes le gustan los monólogos y no dejan a la otra parte ni expresarse.

Grudem también dice que tal vez el énfasis primordial de la enseñanza de la Biblia sobre la oración es que debemos orar con fe, lo que quiere decir confianza o dependencia en Dios. Dios, como nuestro Creador, se deleita en que confiemos en él cómo sus criaturas, porque una actitud de dependencia es la más apropiada para las relaciones entre el Creador y la criatura. Orar en humilde dependencia también indica que estamos genuinamente convencidos de la sabiduría, amor, bondad y poder de Dios.

Las primeras palabras del Padre Nuestro, resalta el escritor, expresan nuestra dependencia en Dios, pero tambien que es un reconocimiento de que él gobierna todo desde su trono.

Entonces, preguntémonos, ¿De quién es el poder? ¿De Dios o de la oración en sí misma?

Cuando le otorgamos a la oración un poder que recae en Dios, se comete el error de convertirla en algo místico o misterioso.  Y lamentablemente, aunque suene raro, las oraciones que caen en ese extremo, no son muy distintas de actos de magia, como quien se adjudica el poder de arrebatarle al diablo por medio de lo que declara, las cosas que supuestamente están en sus manos.

No se dan cuenta, tristemente, que con ese tipo de asunción están reconociendo en el diablo un poder que no tiene, porque la realidad es que en manos de Dios es en quien están todas las cosas.

Como dijo el pastor y autor de libros, Miguel Núñez, “No tengo nada que arrebatarle al diablo porque mi vida, mi salud, mis circunstancias no están en sus manos sino en las de Dios”. Y no es él quien lo establece. Lo dice porque la Biblia así lo enseña, como podemos ver en el Salmos 66.9 cuando declara “Nuestra vida está en sus manos, él cuida que nuestros pies no tropiecen”.

Los que otorgan poder a la oración en sí misma, incurren en prácticas supersticiosas, no bíblicas ni cristianas, tales como compartir cadenas de oración por Facebook, que para colmo aseguran que si la compartes también, serás bendecido y recibirás tu milagro. O sea que ya no depende de Dios la respuesta, sino de la cantidad de shares por las redes.

Más me alarma cuando las susodichas oraciones prefabricadas en cadenas por Facebook, Messenger o Whatsapp, me llegan de parte de un cristiano que ha creído en supersticiones en lugar de depender de Dios. Por favor, si has sido uno de esos que compartes ese tipo de supersticiones en cadena, no estoy tratando de ridiculizarte. No es el objetivo de este escrito. En amor quisiera que fueras receptivo a la verdad, tanto como lo has sido con otras cosas.

Algunas personas dirán que la oración en sí tiene poder porque la Biblia habla de su eficacia. Debemos aclarar que la oración sí es algo que Dios nos manda, y que espera que obedezcamos. Sí, la oración mueve a Dios a respondernos, pero lo que debemos estar claros en entender, es que no está obligado a hacerlo. Él es el soberano, no nosotros.

Además, la misma Biblia nos muestra que no siempre oramos de la manera correcta, ni con un corazón puro, pues el mismo Jesús lo dijo: “Pedís y no recibís, porque pedís con malos propósitos, para gastarlo en vuestros placeres”.

La oración no puede ser solo para centrarnos en nosotros. La Palabra nos manda a orar por los demás, y no todas las oraciones son para pedir. Debemos orar para confesar nuestros pecados a Dios, para dar gracias, para alabarlo. En fin, son varias las razones para acercarnos a hablar con Dios.

Es importante hacer una aclaración que Grudem trae a colación. Somos pecadores, y Dios es un Dios santo. Por ende, por más crédito que queramos atribuirnos a nosotros mismos, no teníamos ni tenemos ninguno que no sea conferido por Cristo, quien es quien intercede por nosotros y tuvo que sacrificarse para restaurar la comunión del hombre con Dios, al impartir su justicia, su inocencia, sobre los injustos.

Pero aquí la advertencia más importante de Grudem. Dios, en ninguna parte, ha prometido responder las oraciones de quienes no creen. Las únicas oraciones que sí ha prometido responder con oído compasivo, como dice el autor, son las que hacemos conforme a su voluntad, y que las hacemos a través de nuestro único mediador, Jesucristo. Para comprobar esto citó Juan 14.6: “Jesus le dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”.

La semana que viene expondré lo que significa orar en el nombre de Jesús, y los requisitos necesarios para una oración eficaz. Más que una lista de reglas, se trata de lo que hay en nuestro corazón, como veremos.

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