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Al fin nació

Lucas 2:28

Leyendo un devocional sobre la época de Adviento (Buenas Nuevas de Gran Gozo: Lecturas Diarias para el AdvenimientoJohn Piper, 2013), me topé ayer con el pasaje del evangelio de Lucas 2:28-34 en el que se habla de un anciano, Simeón, quien pacientemente había esperado por el cumplimiento de la profecía en torno a la llegada del Mesías.

El pasaje me emocionó al transportarme al momento, imaginando la reacción del anciano. La imaginación me permitió hacer un vídeo mental para recrear las palabras en esos versos de Lucas 2:28 en adelante.

Qué expectativa tan brutal y que convicción tan plena tuvo este viejito en lo prometido en las escrituras por los profetas, de que el Mesías vendría. Qué gozo tan grande sintió Simeón al ver al bebé. Él no vio a Cristo en toda su magnificencia, cumpliendo el propósito para el que vino, una obra que tardaría 33 años en consumarse, aunque su ministerio como tal solo fue de sus últimos tres años de vida.

Pero para Simeón, fue como si lo estuviera viendo obrando en su plenitud. Qué tesoro tan grande la fe que Dios mismo pone en nuestros corazones, que nos permite tener gozo aunque no veamos aún lo prometido. Ahí es que comprendo que aun la fe que podemos sentir, es un don de Dios (Hebreos 12:2). No podemos atribuirnos nada. Ese ancianito debe haber sido la persona más feliz a la hora de morir.

Enséñanos, por favor Señor a ser así. A tener esa misma expectativa por tu reino, por ver tu rostro, por esperar tu segunda venida.

“Simeón estaba allí. Tomó al niño en sus brazos y alabó a Dios diciendo: «Señor Soberano, permite ahora que tu siervo muera en paz, como prometiste. He visto tu salvación, la que preparaste para toda la gente. Él es una luz para revelar a Dios a las naciones, ¡y es la gloria de tu pueblo Israel!». Los padres de Jesús estaban asombrados de lo que se decía de él. Entonces Simeón les dio su bendición y le dijo a María, la madre del bebé: «Este niño está destinado a provocar la caída de muchos en Israel, pero también será la alegría de muchos otros. Fue enviado como una señal de Dios, pero muchos se le opondrán”. Lucas 2:28‭-‬34 NTV

Precisamente, gracias al mismo devocional y a este pasaje del evangelio, meditaba hace unos días sobre el significado de esta época, y sobre cómo aun los mismos cristianos nos hemos dejado arropar por la corriente cultural que todo lo mide materialmente, en base a cuánto tenemos o qué nos falta.

Me parece que el anhelo de Simeón representa una antítesis a lo que ha enseñado el evangelio de la prosperidad y la superfe. En vez de amar las cosas de este mundo, ese viejito solo quería ver una cosa, la promesa del Mesías que vendría. Y con solo verlo, imagino que unos minutos, no anheló luego otra cosa más de esta vida terrenal.

Pero el evangelio de la prosperidad ha enseñado malamente que todo lo que se te antoje, si lo ‘declaras’ lo obtendrás. Y lo que ha causado esa palabra tóxica es crear cristianos arrogantes que se creen con derecho de mandar a Dios y mostrarle lo que tiene que hacer. Y todo porque sacan de contexto pasajes de la Biblia, olvidando que Dios es soberano y no tenemos que darle órdenes.

La Biblia sí nos enseña que todas nuestras peticiones sean conocidas delante del Señor. En otras palabras, que si necesitamos algo, debemos tener la confianza de pedirlo a Dios en oración, pero nuestra actitud no debe ser tan arrogante de creernos que si lo declaramos, Dios estará obligado a hacerlo. Dios es soberano. No está sujeto a la palabra de nadie, por más fe que digamos tener.

Muchos de los que han abrazado ese ‘evangelio de la prosperidad’ lo que han hecho es acostumbrarse y acomodarse a los placeres de este mundo, creando ídolos. Se han amoldado a este mundo y ya no añoran lo que Dios prometió en su Palabra: una patria celestial que disfrutaremos juntamente con nuestro Señor.

Nos hemos empeñado en querer disfrutar tanto las bendiciones en esta tierra, que nos hemos olvidado de que estamos en este mundo de manera temporera. Hemos perdido el ‘sabor’, el deleite y la expectativa por la gloria de Dios, esa que el mismo Jesús en su cuerpo de hombre añoró tanto disfrutar de nuevo, que la convicción le permitió soportar el sufrimiento y el escarnio en la cruz. Fue el mismo gozo que al primer mártir de la iglesia, Esteban, le permitió incluso pedir a Dios que perdonara a quienes luego lo apedrearon hasta la muerte.

“Los líderes judíos se enfurecieron por la acusación de Esteban y con rabia le mostraban los puños, pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, y vio la gloria de Dios y vio a Jesús de pie en el lugar de honor, a la derecha de Dios. Y les dijo: ¡Miren, veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie en el lugar de honor, a la derecha de Dios! Entonces ellos se taparon los oídos con las manos y empezaron a gritar. Se lanzaron sobre él, lo arrastraron fuera de la ciudad y comenzaron a apedrearlo. Sus acusadores se quitaron las túnicas y las pusieron a los pies de un joven que se llamaba Saulo. Mientras lo apedreaban, Esteban oró: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Cayó de rodillas gritando: ¡Señor, no los culpes por este pecado! Dicho eso, murió”. (Hechos 7:54-60)

Por otro lado, la actitud de Simeón no solo es la antítesis de los cristianos que se han ‘enamorado’ y ensimismado de las cosas de este mundo, sino del mundo en general, y de esos que dicen creer en Dios pero realmente no viven una vida de acuerdo a su palabra. Piensan que en la vida todo es tener bienes, trabajar, etc, pero entonces nos damos cuenta lo superficial que es todo eso, cuando sus vidas se resquebrajan porque algo de lo anterior lo perdieron.

Haciendo un balance, nosotros los creyentes no estamos llamados a ignorar el mundo en que vivimos. Vivimos aquí y Dios nos puso a cada uno en este plano con un propósito. Sea donde sea que estemos, en el trabajo, en la calle, a donde vayamos, estamos llamados a mostrar su gloria a otros, y a ser luz en la oscuridad.

Pero la advertencia es clara para nosotros:

“No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”. (1Juan 2:15-17)

Aunque es deber durante todo el año, esta es una buena época para que esos padres y madres que están criando aún, al menos esos que dicen creer en Dios, para que les muestren a sus hijos de qué es que se trata la vida. Todo lo que somos y tenemos, lo debemos a ese cuyo nacimiento celebramos este mes.

Es posible que muchos, incluyéndome, estén haciendo planes de arreglar la casa, comprar regalos, adornar, etc. Nada de eso es malo. Lo malo es que hemos hecho de todo lo anterior la prioridad de nuestra vida. Nuestra vida gira en torno a eso. Y le hemos pretendido robar el significado a la Navidad.

Igual que durante el resto del año, cuando las prioridades son otras; el trabajo, los estudios, nuestra relación con la pareja, las vacaciones, los planes para el futuro. Pero hay una pregunta que debemos hacernos. Aunque todo eso no tiene nada de malo, ¿qué seguridad tienes de que mañana estarás vivo? Y aunque vivas muchos años, ¿qué seguridad tienes de que todo eso perdurará el tiempo que piensas que durará.

A muchos, por ejemplo, los define su empleo. ¿Si mañana tu empresa tuviera que cerrar por la crisis fiscal, seguirás adelante o te sentirás menos que los demás porque ya no tienes trabajo?

¿En qué está fundamentada nuestra vida? Aun más importante, ¿sobre qué está fundamentada nuestra esperanza?
Yo quiero aprender a ser como Simeón y quiero pedirle al Padre que por medio de su Espíritu Santo comience a traer convicción a mí y sobre los míos, a no vivir tan aferrado y tan afanado por las cosas de este mundo, y a tener la mirada puesta en el autor de mis días.

“Por tanto, también nosotros, que estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos, despojémonos del lastre que nos estorba, en especial del pecado que nos asedia, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante. Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien, por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.”. (Hebreos 12:1-2)

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