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Trump, los supremacistas blancos y la estadidad

La semana pasada, mientras en Puerto Rico se debatía sobre el regreso a clases, el evidente estado de deterioro del Paseo de Puerta de Tierra y la no inclusión de Daddy Yankee en la campaña de Turismo (¿Y el DMO?), que utilizará a “Despacito” como punta de lanza, Estados Unidos enfrentaba una vez más el peligroso y bochornoso resurgimiento de grupos de supremacistas blancos y el aparente guiño de aprobación a ellos desde la presidencia misma de esa nación. A pesar de que estos grupos no son nuevos y de que en realidad no se puede esperar otra cosa de ese presidente, es importante que Puerto Rico mire con detenimiento lo que pasa allí desde el contexto de una petición de estadidad que el gobierno se obstina en empujar. Si no encontramos respuestas o la conexión entre estos acontecimientos y nosotros, por lo menos hagamos las preguntas correctas.

El fin de semana pasado, en Charlottesville, Virginia, miembros de grupos Neo-Nazis o asociados a la llamada “Alt-Right” o derecha alternativa, fueron convocados para protestar entre otras cosas, por la remoción de estatuas y monumentos relacionados a la Confederación. Acción que ha tomado un importante impulso reivindicativo, luego de la Masacre de Charleston en el 2015, donde un joven supremacista blanco de 21 años asesinó a 9 personas negras en una Iglesia Afroamericana de esa localidad en el estado de Carolina del Sur.

A todas luces y según documentado en el video que acompaña esta entrada, producido por VICE News, las protestas no tenían intención alguna de ser pacíficas. Estaban concebidas como un ejercicio de fuerza en donde se pretendía emplear violencia si se daban las condiciones correctas. Y así fue. Una persona falleció arrollada el domingo, mientras participaba de una contra protesta, por una supremacista que utilizó su vehículo como arma terrorista. Nueva modalidad, que veríamos más adelante en la semana, esta vez utilizada por un islamista en Barcelona.

La realidad es que estos grupos no son nuevos en los Estados Unidos. La foto de portada de este blog es de un rally pro Nazi en el 1934, organizado nada más y nada menos que en el Madison Square Garden de Nueva York. Grupos como el KKK han campeado por su respeto, especialmente a lo largo y lo ancho del sur de Estados Unidos. Esto sumado al racismo institucionalizado que prevaleció desde la abolición de la esclavitud y el periodo de la Reconstrucción luego de la Guerra Civil que promovió la segregación de blancos y negros hasta la década de los 60. Creando una brutal disparidad con relación al acceso a la educación, salud y oportunidades económicas que todavía se sufre hoy, especialmente en las grandes ciudades.

Lo que sí es nuevo, es la aceptación y normalización de estos grupos por parte del Presidente de Estados Unidos. Para Trump, grupos que se organizan con el propósito de canalizar el odio a miembros de otras razas a través del uso de la violencia, son equiparables a grupos que profesan todo lo contrario. Cuando se pensaba que el nazismo y su filosofía de odio eran cosas del pasado, derrotados por el mundo democrático y sus instituciones, Trump les insufla nueva vida a través de su relatividad moral y cálculos puramente electorales. Muchos plantean que el presidente o la presidencia han perdido su brújula moral. Yo por el contrario pienso que el que nunca tuvo, nada perdió. Este es el señor que lanzó sus aspiraciones acusando a Barack Obama de ser musulmán y de haber nacido en Kenia.

Los llamados grupos de odio en Estados Unidos, según el Southern Poverty Law Center, han visto un incremento marcado desde 2014 a esta fecha de 784 a 917. Estos son grupos en su mayoría racistas, anti inmigrantes, anti latinos, anti LGBTT, anti musulmanes y anti muchas otras cosas. Causas que alineadas perfectamente con la agenda de Trump en Casa Blanca y la agenda de su principal estratega, hasta la semana pasada, Steve Bannon. No hay duda que desde la Casa Blanca estos grupos reciben apoyo y que estos grupos constituyen una sólida base de respaldo electoral para el presidente, que mantiene números de aprobación de 35%.

Es en este ambiente, que el gobierno de Puerto Rico quiere seguir empujando los resultados cuestionables del plebiscito del 11 de junio pasado, ahora con la Comisión de la Igualdad o el famoso Plan Tennessee. Y es que como dijo Torres Gotay en Twitter la semana pasada: Dejen de tranquilizarse diciendo “en todos lados hay discrimen”, porque en todos no pedimos anexión ni hay seis millones de boricuasNo podemos bajo ninguna circunstancia racionalizar los actos de violencia de la semana pasada e ignorar los grupos de odios, que son una bochornosa realidad en Estados Unidos. Más importante aún, no debe existir cabida en Puerto Rico para los que justifican a estos grupos y hacen coro a sus acciones. Porque al final del día, somos negros, latinos, percibidos como inmigrantes, hablamos español y son interminables las historias de discrimen hacia nuestros familiares que viven “allá afuera”.

Así las cosas, tenemos que cuestionarnos el silencio del gobierno de Puerto Rico ante esta realidad o ¿estamos dispuestos a callar para no enfadar u ofender a estos grupos? ¿Cómo Puerto Rico le vende la estadidad al ciudadano americano promedio? El que vive al margen de los procesos de integración, que siente una amenaza cada vez que encuentra un mexicano o un negro a un musulmán o a un boricua caminando por sus calles. ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar, para ser aceptados como un estado? Estas son las preguntas que, a mi juicio, deben comenzar la conversación sobre este tema en Puerto Rico antes de cualquier petición seria de estadidad.


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